En sus ojos se asomaba la tristeza de haber dejado lo más querido muy lejos de aquí, el cansancio del trabajo realizado durante semanas, meses e incluso años para poder dar a esos hijos suyos un futuro digno de merecer.
Para él no había parada, para él no existía el cansancio, siempre se mantenía alerta y despierto para conseguir lo mejor para ellos, para esas personas que cada día, cada hora y cada minuto de su vida le alegraban con sus sonrisas, con esos hoyuelos que se les marcaban cuando sonreían.
Él trabajaba de sol a sol, ganándose la vida como un obrero más, como un mortal entre los mortales, pero ese señor se merecía más respeto que otros, había luchado de sol a sol, de hora en hora, de día a día por su familia, no por él sino por ellos, para que tuvieran un futuro feliz, a él solo le importaba trabajar por los suyos.
Nunca se daba un capricho, ni siquiera en festivo, prefería estar trabajando para ganar dinero para su familia que estar junto a ella y pasar calamidades.
Un día la muerte se lo llevo, pero se fue orgulloso porque había cumplido la promesa que se hizo durante toda su vida, dar un gran futuro a sus hijos y a toda su familia; y así lo hizo.
Su familia, ellos le recordarían como el héroe que antaño en vida había sido, como el mejor padre, el mejor marido y el mejor abuelo de todos, porque por todos lo daba todo.
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